07/12/2025
El voto joven se convirtió en uno de los segmentos más dinámicos y volátiles de la política argentina en los últimos diez años. Desde la sanción de la Ley 26.774 en 2012, que habilitó a los adolescentes de 16 y 17 años a votar de manera voluntaria, el mapa electoral incorporó a más de un millón de nuevos votantes. Ese ingreso masivo no solo amplió el padrón, sino que también obligó a los partidos a repensar sus estrategias de comunicación. En 2023, este grupo representó alrededor del 3,3 % del padrón, mientras que si se suman los de 18 a 29 años el total asciende a más del 24 %. Esto significa que un cuarto del electorado argentino está compuesto por personas de menos de 30 años.
Durante buena parte de la última década, el voto joven tendió a inclinarse hacia espacios más vinculados al progresismo y al peronismo. Diversos análisis electorales señalaban que las banderas de inclusión, expansión educativa y políticas de bienestar tenían fuerte llegada en adolescentes y jóvenes adultos. El Frente de Todos, y antes el kirchnerismo, logró construir entre los más jóvenes una identidad política sólida basada en derechos, ampliación del Estado y discursos de movilidad social. Los jóvenes solían encontrar mayor representación en ese espectro político. Incluso en elecciones adversas para el peronismo, el sector juvenil se mantenía relativamente fiel. Esa situación se volvió un patrón repetido en los años posteriores a la aprobación del voto joven.
Sin embargo, esto cambió de manera abrupta a partir de 2021 y se consolidó en 2023, cuando el crecimiento de La Libertad Avanza modificó todo el mapa electoral. Encuestas previas a las presidenciales ubicaban a Javier Milei como el candidato con mayor intención de voto entre jóvenes de 16 a 29 años. En algunos relevamientos, el libertario alcanzaba porcentajes superiores al 30 % en ese grupo, superando tanto al peronismo como a Juntos por el Cambio. El discurso anticasta, la promesa de ruptura total y su viralización en redes sociales fueron claves para captar a una generación marcada por la frustración económica. Por primera vez desde la aprobación del voto joven, un partido no tradicional se convertía en la opción preferida de buena parte del electorado juvenil. Ese desplazamiento marcó el comienzo de una nueva etapa política.
Lo interesante es que este cambio no implica necesariamente una adhesión ideológica profunda, sino más bien una búsqueda de alternativas frente al desencanto con los partidos tradicionales. Según relevamientos de organismos como CIPPEC y UNICEF, más de la mitad de los jóvenes declara no sentirse representado por ninguna fuerza política. Ocho de cada diez expresan desconfianza en la dirigencia, independientemente de su signo partidario. La participación electoral, paradójicamente, aumenta, pero crece al mismo tiempo el sentimiento de distanciamiento y desafección. Esta combinación de voto alto y representación baja explica por qué los jóvenes migran rápidamente hacia opciones nuevas o disruptivas. También ayuda a entender por qué los cambios en intención de voto dentro del segmento juvenil son más acelerados que en franjas adultas. La relación entre jóvenes y política hoy es más líquida, más reactiva y menos estructurada que en generaciones anteriores.
Otro punto clave es que las preocupaciones de los jóvenes ya no coinciden con las agendas políticas tradicionales. La educación, la salud mental, la empleabilidad y la desigualdad aparecen como los temas que más los afectan, por encima de discusiones partidarias clásicas. Muchas veces, estas demandas no encuentran respuesta concreta en los espacios tradicionales, generando un vacío que otros actores políticos intentan ocupar. La capacidad de comunicar en redes sociales y usar lenguajes claros se volvió central en esta nueva era. Esto explica por qué partidos con estructuras más rígidas pierden competitividad entre los menores de 30 años. También explica por qué el segmento juvenil es el más sensible a los cambios económicos abruptos como la inflación, el desempleo y la falta de perspectivas, que inciden más directamente en sus decisiones electorales. Su voto, más que ideológico, es emocional y situacional.