Michael: la realidad que muestra y la secuela que se viene
La película ya conquista taquillas en todo el mundo, pero mezcla hechos documentados con licencias narrativas. Y mientras el debate sobre lo que omite sigue abierto, el estudio productor ya trabaja en una segunda parte.

Escribe: Victoria Basualdo

Michael: la realidad que muestra y la secuela que se viene

Foto por Ecran Large

01/05/2026

Apenas lleva días en cartelera y Michael, el biopic sobre la vida de Michael Jackson dirigido por Antoine Fuqua, ya genera conversaciones cruzadas: las que celebran el regreso de la leyenda a la pantalla grande y las que señalan todo lo que la película decidió no contar. En paralelo, y casi sin que la primera entrega haya terminado de recorrer los cines del mundo, desde Lionsgate ya confirman que habrá una segunda parte. La pregunta que flota en el aire es si esa continuación se animará a ir donde la primera no quiso, no pudo, llegar.

 

El film protagonizado por Jaafar Jackson, sobrino del cantante en su debut cinematográfico, repasa la historia del artista desde sus años como líder de los Jackson 5 hasta el Bad World Tour de finales de los 80. La película tuvo sus verdades y sus licencias creativas.

 

Uno de los momentos más crudos del film tiene sustento real: los castigos físicos que Joseph Jackson infligió a sus hijos durante la infancia. Tanto Michael como su padre lo confirmaron en vida, aunque con versiones distintas sobre la intensidad. El accidente de 1984 durante una publicidad de PepsiCo, cuando el cabello del cantante se incendió en pleno rodaje, también está documentado y fue recreado con fidelidad. La indemnización obtenida, de 1,5 millones de dólares según la revista People, permitió crear el Centro de Quemados Michael Jackson en Culver City, California. Igualmente cierto es que, pese al éxito arrollador de Thriller, Jackson siguió viviendo en la casa familiar en Encino junto a su madre antes de mudarse a Neverland en 1988.

 

Sin embargo, hay pasajes del film que no resisten el cotejo con los registros históricos. La escena en la que Joseph Jackson reacciona al ver a su hijo tras una cirugía estética, por ejemplo, no ocurrió así: según la autobiografía de Jermaine Jackson, fue él quien tuvo ese primer encuentro, en un contexto completamente distinto al que muestra la película. Tampoco es correcto el origen del nombre Thriller: la película sugiere que surgió de una maratón de películas de terror, cuando en realidad fue el compositor Rod Temperton quien se despertó una mañana en un hotel con esa palabra en la cabeza y reescribió la canción. Otro punto que la crítica señaló es que el papel de Quincy Jones aparece minimizado, cuando en los hechos fue un colaborador esencial en los tres primeros álbumes solistas de Jackson.

 

Pero la omisión más comentada es otra. La película cierra su relato en 1988, antes de que salieran a la luz las denuncias por abuso sexual que marcaron los años siguientes de la vida del artista. Esa decisión no fue solo narrativa: obedece también a una cláusula legal descubierta durante la producción que impedía mostrar a uno de los denunciantes. El resultado, según varios críticos, es un retrato "aséptico" que convierte a Jackson en un héroe sin sombras y descarga toda la oscuridad de la historia en la figura del padre.

 

Ahí es donde entra la segunda película. Adam Fogelson, jefe de Lionsgate, confirmó en el podcast The Town with Matthew Belloni que la secuela está en marcha y que la probabilidad de que ocurra es "muy alta". El rodaje podría arrancar este mismo año o el siguiente, dependiendo de cómo se resuelva la agenda del director Fuqua, que tiene comprometida una nueva película para Netflix junto a Denzel Washington. El productor Graham King, responsable también de Bohemian Rhapsody, acumula igualmente varios proyectos simultáneos. En pocas semanas, ambos se reunirán con Fogelson para definir la visión de la continuación.

 

Lo que esa segunda parte pondrá, o no, sobre la pantalla sigue siendo una incógnita. Fogelson fue cuidadoso al respecto: aclaró que hay material más que suficiente para otra película más allá de las acusaciones, y que prefiere esperar a que sean los realizadores quienes definan el enfoque. Pero el elefante en la sala está ahí, y el final de la primera entrega lo deja intencionalmente abierto.

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